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Al sur del mundo, la Banca Comunal teje una esperanza

La experiencia de Fondo Esperanza de Chile apoyando a sus emprendedoras ante la crisis del COVID-19.
Haciendo mascarillas. Foto: Gentileza, Fondo Esperanza.

Si bien en el escenario de las microfinanzas, Chile no es uno de los países con mayor presencia a nivel sudamericano, desde el extremo sur del continente estamos haciendo grandes esfuerzos para apoyar a las personas más vulnerables, sobre todo en un momento de extrema complejidad generado por la actual pandemia, experiencia que hoy queremos compartir en este blog.

Fondo Esperanza (FE) es una institución de desarrollo social con 20 años de experiencia apoyando a emprendedoras(es) de sectores vulnerables, a través de la entrega de un Servicio Microfinanciero Integral conformado por productos microfinancieros (microcréditos y microseguros), educación y fortalecimiento de redes de apoyo. El  objetivo es desarrollar sus negocios para mejorar sus condiciones de vida, la de sus familias y comunidades.

FE forma parte de la Fundación de Microfinanzas BBVA (FMBBVA) y el Hogar de Cristo, dos organizaciones reconocidas por su trabajo a favor de las personas en situación de pobreza y vulnerabilidad social.

La Banca Comunal es nuestra principal metodología, por la cual los emprendedoras(es) se unen en grupos de 18 a 25 personas para acceder al servicio microfinanciero integral, bajo un sistema de coavalidad solidaria. Hoy, contamos con alrededor de 6 mil agrupaciones integradas por más de 120 mil emprendedoras(es) de todo el país.

La crisis del COVID-19 nos está enfrentando a cifras que estremecen. Más del 40% de nuestras socias y socios (así llamamos a nuestros clientes) tiene sus negocios parcial o completamente inactivos, más de 14 mil no tienen cómo llevar alimento a sus hogares y 48 socias han fallecido por el virus, en un país que, a la fecha, lleva cerca de 390 mil contagios y más de 10 mil personas fallecidas.

Para abordar este escenario, desde el comienzo de la pandemia definimos principios para la toma de decisiones, muchas veces con escasa información y alta incertidumbre. En primer lugar, declaramos hacer todo lo posible por mantener el vínculo en dos sentidos: de cada emprendedor(a) con Fondo Esperanza y también entre los integrantes de los Bancos Comunales. En segundo lugar, fuimos enfáticos en mantener a las socias y socios en el centro de todas nuestras decisiones, con una mirada integral de sus necesidades y vulnerabilidades.

Con estas declaraciones como norte, impulsamos una serie de medidas para abordar la crisis con resultados que se ven esperanzadores:

1 - Adaptar el Servicio Microfinanciero Integral a formas de entrega remota

Históricamente, el servicio se ha entregado presencialmente, por asesores(as) que trabajan en terreno de manera periódica y contínua junto a las comunidades.

Fue así que, desde la declaración de la pandemia en Chile, por seguridad suspendimos el servicio presencial en las oficinas y en los territorios, pasando a una modalidad remota, lo que significó acelerar la digitalización en los pilares del servicio.  

Las primeras semanas rediseñamos las reuniones de Bancos Comunales con contenidos adaptados a la crisis, como contención emocional, medidas de seguridad sanitarias, reinvención de negocios, encadenamiento productivo, entre otras.

A su vez, con el objetivo de dar continuidad al financiamiento de los negocios, adaptamos el proceso de postulación al nuevo ciclo de crédito (recrédito), llevando todo el proceso a una plataforma digital, con una muy buena recepción. Entre mayo y agosto se llevaron a cabo más de 26 mil procesos de recrédito bajo esta modalidad.

Hoy, nos encontramos trabajando en digitalizar el proceso de firma de crédito; mientras, innovamos en la forma de ejecución de las mismas, llevándolas a los territorios. Esto nos ha permitido, además de dar continuidad masiva al servicio y minimizar los riesgos de contagio, empoderar a los integrantes de los Bancos Comunales al ser protagonistas de un momento solemne en el otorgamiento del crédito, teniendo una excelente evaluación.

2 - Dar tranquilidad y liquidez, a través del congelamiento de pagos y financiamientos de emergencia

En medio de toda la incertidumbre, decidimos dar tranquilidad a las emprendedoras respecto a los pagos de sus créditos, congelándolos desde marzo hasta junio. Con esta medida buscamos que ellas se centraran en atender sus necesidades básicas. En paralelo, considerando el cierre de oficinas y cese en la entrega de créditos grupales, quisimos seguir apoyando a quienes tenían sus negocios funcionando y sus nuevos créditos pendientes, por lo que implementamos créditos de emergencia individuales por un monto de hasta US$ 400, al que optaron 8.500 emprendedoras, con un monto total desembolsado de más de US$ 3 millones y un riesgo de 2,3% (>7 días).

3 - Apoyar en necesidades básicas, “nadie se queda abajo”

Experiencias anteriores en crisis nos ha demostrado que debemos hacer todos los esfuerzos por apoyar a las emprendedoras que están con problemas críticos para cubrir sus necesidades básicas, generando medidas de ayuda humanitaria que constituyen la base para pensar en etapas de reactivación; especialmente en esta crisis en donde el hambre comenzó a volverse un problema masivo y evidente. Es así como decidimos unirnos con otras instituciones de desarrollo social del país y trabajar en una campaña denominada Chile Comparte, entregando cajas de alimentos y kits de higiene a los usuarios más afectados de cada organización. En el caso de Fondo Esperanza, hemos apoyado a casi 17 mil emprendedoras y sus familias, llevando no solo alimentos, sino también - en sus propias palabras- la esperanza de que no están solas.

En esta misma línea, comenzamos a innovar en formas sostenibles y más ágiles de llevar los alimentos, que a su vez se tradujeron en medidas de reactivación y/o reinvención de los negocios de las emprendedoras, dando vida a la siguiente línea de trabajo.

4 - Reactivar los negocios a través del encadenamiento productivo solidario

Sin saber mucho como hacerlo, nos aventuramos en concretar encadenamientos productivos, logrando inicialmente que la distribución de los alimentos de la campaña Chile Comparte fuese a través de las y los almaceneros de Fondo Esperanza, fomentando su trabajo y dinamizando las economías locales (casi 500 almaceneros(as) entregaron alimentos más de  23.000 personas, inyectando más de US$ 440 mil a las economías locales), innovando con este modelo, la forma como hasta ahora habíamos llevado la línea de redes de apoyo en el servicio.

Además del proyecto con almaceneros, intermediamos el apoyo del sector privado, donde concretamos con la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC) la confección de 1.250.000 mascarillas, fabricadas por las costureras y otras emprendedoras de FE que se reinventaron en crisis. La CPC donó estas mascarillas a sectores vulnerables, generando trabajo a más de 1.600 personas -muchas emprendedoras de FE dieron trabajo a otras personas en sus comunidades- inyectando casi US$ 800 mil con estas iniciativas a los territorios. Sin duda, aventurarnos en esta línea de trabajo trajo muchos aprendizajes y no fue fácil a momentos, pero creemos que con estas formas de encadenamiento estamos aportando a generar prácticas circulares y solidarias de economía, además de apoyar a nuestras emprendedoras en medidas sustentables en contexto de crisis.

Claramente, el COVID-19 nos empujó a pensar y actuar “fuera de la caja” para apoyar a nuestras emprendedoras en la crisis más profunda de los últimos 100 años. ¿Son las medidas adecuadas? No lo sabemos aún, el tiempo nos dirá, pero seguiremos avanzando en esta línea, promoviendo por sobre todo a las Bancas Comunales como organizaciones comunitarias y su principal red de apoyo.

Creemos que instituciones como la nuestra deben asumir, más que nunca, un rol protagónico en la generación de oportunidades para las miles de personas que han caído o profundizado su condición de vulnerabilidad a causa de la crisis, promoviendo relaciones de colaboración que nos permitan aunar esfuerzos efectivos en la construcción de una sociedad más justa e inclusiva, que contemple a las personas en el centro de todas las decisiones.

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